Oleros trabajan a pedido ante la alta demanda de la producción.

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Son las 7 y apenas está amaneciendo en El Porvenir II, un barrio de familias oleras de Posadas. Las casas humean por la leña que se encendió una hora antes para el fuego de la pava y donde también se cuece un reviro.
Apenas salen los primeros rayos de sol hay que ponerse manos a la obra. El trabajo es mucho y se deben aprovechar los días de sol antes de la lluvia pronosticada para este viernes.
Así arranca la jornada de una familia productora de ladrillos. Pero desde que empezó la pandemia por coronavirus, las jornadas son más intensas. Pocos recuerdan tiempos así en el barrio. Entran y salen camiones permanentemente buscando los ladrillos que se cuecen en los enormes hornos. Insólitamente también arriban compradores particulares que quieren comprar este producto que escasea.

La demanda de ladrillos está disparada, admiten los trabajadores. Como en los corralones y ferreterías casi no se consigue el producto hueco o cerámico, en las construcciones optan por el denominado ladrillo común. Comprado donde se produce, 1.000 ladrillos valen 6.500 pesos; si se adquiere a través de intermediarios que venden en los camiones sobre la ruta, el precio de los 1.000 ladrillos llega a 12.000 pesos.
“La humedad en la tierra y en el ambiente puede retrasar la producción”, cuenta Mario Zeiss (46). Desde hace 17 años el hombre trabaja como olero. “Aprendí de grande”, dice mientras amasa el preparado como el mejor alfarero.
“Uso barro ñaú mezclado con tierra mansa, que es la tierra negra. Así se hace la canchada que después se mezcla con viruta, se lleva a la amasadora y se moja. Antes usábamos malacate con caballo, pero ahora ya tenemos amasadora”, muestra orgulloso a El Territorio las máquinas que pudo adquirir “con mucho esfuerzo”.
“El secado antes de ir al horno ahora tarda días porque el sol no está fuerte; después, cuando se orea, hay que cantear (parar los ladrillos para que no haya vestigios de humedad)”, detalla.
“Lo lindo es que a pesar de la peste que hay estamos trabajando”, admite.
Al igual que sus colegas, sostiene que a diferencia de los otros rubros que están paralizados por la crisis sanitaria, ellos trabajaron y mucho en esta cuarentena.
“Ahora sí se está vendiendo más, es raro porque por la pandemia casi no se está trabajando en otros lugares, pero el olero nunca paró. Mientras se puedan vender ladrillos, siempre vamos a seguir trabajando”, sostiene.
“Queda un margen de ganancia, hay que ser constante nada más. Y como me dedico sólo a esto, si no hago ladrillos, no como. Sé que es un trabajo muy sacrificado y los oleros en su mayoría ya son gente de edad avanzada y la gurisada más joven le dispara a este trabajo porque es muy pesado”, comenta sobre cómo ve el oficio.
“La situación económica no es fácil, pero trabajando se sale adelante”, reflexionó.
Oficio familiarUna al lado de la otra, las olerías son la imagen recurrente en este barrio del Sur capitalino. Por lo general, el oficio pasa de padre a hijo y la producción es completamente familiar.
Claudio es uno de los que hace pocos años decidió dedicarse a la confección de ladrillos con sus hijos. Al fondo del terreno montó el lugar de elaboración de estos productos que hoy registran alta demanda. “Hoy recién el ladrillo está valiendo un poco más. Como el hueco no se consigue y se fue muy arriba el precio, la gente empezó a tirarse de nuevo por el común. Y conviene más venir a comprar acá, a las olerías, que comprar sobre la ruta”, asegura y compara que los precios recién salidos del horno varían hasta en un 50% que los que se venden en los camiones estacionados en la ruta.
Pero admite que falta ayuda para tecnificar la producción y adquirir alguna máquina o vehículo que les permita sacar lo producido sin tener que tratar con intermediarios, lo que hace que encarezca el precio que paga el consumidor final. “Acá ayuda no hay, cada uno hace como puede”, sostiene. “El 80% de los oleros sí o sí le tiene que vender al camionero porque no tenemos un vehículo para sacar la producción”, añade.
Y en ese sentido indica: “La gente viene directo a llevar de acá y por eso está habiendo escasez”.

Sobre la situación económica en líneas generales, precisa que en el barrio “hay algunos merenderos donde van los chicos y a veces el Ejército trae comida a la noche, pero eso nada más. Para crecer necesitamos poder tener máquinas, sino hay que arreglarse solo. Acá es todo familiar, si uno tiene personal, no hay ganancia”.

“La gente viene y nos reserva los ladrillos con tiempo”

En El Porvenir II funciona la Cooperativa Nuestra Señora de Itatí, única productora de ladrillos cerámicos en Posadas. Tal es la disparada que tuvieron en la demanda que ya tienen pedidos tomados a dos meses. “Hay gente que viene y nos seña el trabajo porque no se consiguen ladrillos”, sostienen.
“Estamos trabajando muy bien. Lo que se hace se vende”, contó Ernesto Ríos, uno de los 30 cooperativistas.
Así, señalaron que los principales compradores son clientes particulares que están haciendo alguna mejora en la casa. “Hacemos poca cantidad, por eso no podemos vender a los corralones y ferreterías”, dijo. La producción mensual es de 11.000 ladrillos y para confeccionar más requieren un predio más grande. Según explican, eso podría darse a final de año, cuando estiman que estará lista la nueva instalación de la cooperativa en el Parque Industrial de Posadas. “Ahí vamos a tener mejores máquinas, tinglado, hornos. Ahora trabajamos por turno porque no podemos estar todos juntos. La mayoría de nosotros hacía ladrillo común y nos juntamos para formar la cooperativa”, comentó sobre cómo se gestó la entidad cooperativista una década atrás.
Hoy los 1.000 ladrillos los venden a 20.000 pesos. “La gente viene y nos paga por adelantado, nos reserva con tiempo”, finalizó.

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