Hiroshima y el coronavirus.

0
3

El 2 de agosto de 1939, el científico húngaro Leó Szilárd le escribió una carta al entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, alertando sobre los avances de la Alemania nazi en un programa nuclear con fines bélicos. Dicha misiva fue firmada, también, por Albert Einstein. Difícil es desentrañar si antes de eso ya Estados Unidos tenía un plan atómico en ciernes. Lo cierto es que esta carta dio comienzo al denominado Proyecto Manhattan que culminó, en julio de 1945, con el primer ensayo de una bomba atómica en el laboratorio de Los Álamos. Cuando se hizo este ensayo exitoso, la misma comunidad científica que había trabajado incansablemente para la obtención de un arma nuclear empezó a debatir sobre la utilización de la misma. Parte de este debate quedó reflejado en el denominado”Informe Franck”, nombre debido al físico alemán James Franck, cabeza visible de los que firmaban y solicitaban al presidente Harry Truman que no se lanzara la bomba contra Japón. Einstein siempre manifestó arrepentimiento por haber firmado la carta inicial, que dio origen al plan nuclear norteamericano.

Los hechos parecen claros. Científicos emigrados, a consecuencia del nazismo, Einstein y Szilard, entre tantos, no dudaron en advertir a Roosevelt sobre el programa nuclear nazi. Es inverosímil plantear que semejantes científicos desconocieran el potencial de un arma nuclear. El debate se produce cuando Alemania se había rendido y el proyecto Manhattan da a luz la bomba atómica. Alemania se rinde en mayo de 1945 y el primer ensayo es en julio del mismo año. Quizás el análisis de los hechos y las posturas de los científicos dan cuenta de una cierta visión eurocentrista. Para muchos, la guerra terminó con la rendición de Alemania, pero la realidad es que la guerra seguía en el Pacifico con Japón. Si bien Estados Unidos había recuperado islas tomadas por los japoneses, principalmente el archipiélago filipino (finales de 1944 y parte de 1945), el Imperio del Japón tenía el control -y lo mantuvo hasta su rendición- de Indochina y gran parte de China. Tampoco, en el imaginario popular, se asocia a Japón con los crímenes de guerra que cometieron los nazis. Nuevamente prima, en esta suerte de olvido, una visión eurocéntrica. Las atrocidades cometidas por los nazis, sobre todo en cabeza del pueblo judío, eslavos, polacos y gitanos, han sido motivo de recuerdo permanente por todos nosotros y lo bien que hacemos en tener memoria sobre ello. Japón no tuvo un comportamiento muy distinto al nazismo, sino que solo enfocó su brutalidad en otras etnias. Para utilizar un término muy de moda, eran etnias menos visibilizadas.

La política del Imperio del Japón con los prisioneros de guerra (mayoritariamente, británicos y estadounidenses) fue de una brutalidad indescriptible. Se estima que un 70% de los prisioneros aliados murieron en campos de concentración japoneses. Los prisioneros británicos y estadounidenses, no así los rusos, tuvieron un trato mejor por parte de sus carceleros nazis: se estima que solo un 30% de ellos murieron en los campos de concentración para prisioneros de guerra. La atrocidad cometida por los nazis contra el pueblo judío es por todos conocida. Seis millones de judíos fueron asesinados por los nazis. Todos sabemos que significó Auschwitz, pero si preguntamos qué fue la Unidad 731 del ejército japonés, seguramente pocos sabrán de qué hablamos. La Unidad 731 fue el nombre que se le dio a la sección del ejército japonés que coordinó terribles experimentos médicos y utilizó la guerra química y bacteriológica contra el pueblo chino. Los nazis no se atrevieron a tanto. Si decimos que diez millones de chinos murieron a manos de Japón –algunos elevan esa cifra a 17 millones–, seguramente, muchos se asombrarían. Si sumáramos el sufrimiento de vietnamitas, coreanos, birmanos y filipinos el número resultaría estremecedor. Para los chinos la guerra empezó con la invasión de Manchuria en 1931. Nadie ubica, esa fecha, como el real inicio de lo que luego se denominó la Segunda Guerra Mundial. Si hurgamos en la historia de Corea, Vietnam o Filipinas encontraremos registros de atrocidades que nada tienen que envidiar a las cometidas por los nazis. Si hiciéramos un mero análisis cuantitativo, concluiríamos que fueron peores. La postura de los científicos que durante años trabajaron para lograr la bomba atómica y luego se “arrepintieron” de su logro ¿puede juzgarse, también, como eurocéntrica? Estoy convencido de que la respuesta a ese interrogante es positiva, me reservo analizar si dicha postura no tuvo hasta un sesgo racista. No creo que los científicos se hubieran opuesto a el uso del armamento nuclear para terminar con el régimen nazi, de hecho estimularon el programa nuclear norteamericano ante la amenaza nazi. Gran parte de ellos fueron perseguidos por el nazismo y algunos de ellos, en su condición de judíos, no eran ajenos al genocidio que se gestaba mientras ellos desarrollaban la bomba atómica.

Pero la rendición de Alemania cambia radicalmente la postura de varios de estos hombres de ciencia, Einstein incluido. Resuelto el fin del atroz régimen nazi, la bomba carecía de sentido. ¿Carecía de sentido? ¿Hasta qué punto los científicos cometieron un terrible acto de hipocresía y racismo? Trabajaron, incansablemente, para que Estados Unidos le ganase la carrera nuclear a Alemania. Vencida esta ¿les revivió su conciencia moral? ¿Era válido, moralmente, arrojar una bomba nuclear al régimen nazi, pero no era moral lanzarla sobre Japón? Nos preguntamos hasta qué punto estos científicos, que hoy se ven como belicistas arrepentidos o pacifistas tardíos, no repararon en el sufrimiento de los chinos, vietnamitas y coreanos, entre otros. Tampoco repararon en las atrocidades que sufrían los soldados aliados que eran prisioneros del imperio del sol naciente. Tampoco repararon en el enorme costo en vidas humanas que hubiera tenido una invasión a Japón, tanto de japoneses como de norteamericanos. En definitiva, ¿solo los europeos importan?

El presidente Truman tuvo una difícil decisión que adoptar. Parte de sus científicos planteándole la inmoralidad del bombardeo. También militares que querían seguir la guerra de manera convencional. Me imagino que el complejo industrial militar debe haber expresado sus objeciones, quizá no morales. Truman, un político que casi de casualidad terminó siendo presidente, tuvo que tomar una decisión. Habrá sopesado las opiniones y creo que lo que inclinó la balanza fueron las vidas que salvaría y la infraestructura que no destruiría. En Hiroshima no murieron más japoneses que en el bombardeo incendiario de Tokio, tampoco murieron más seres humanos que los que murieron, entre estadounidenses y japoneses, en las batallas de Iwo Jima y Okinawa. Solo en Okinawa murieron 110.000 militares y civiles japoneses. Si de cuantificar los muertos se trata, hay un hecho que resulta incontrastable: la guerra terminó después de los bombardeos nucleares. La teoría sobre la inminente rendición de Japón es más un argumento contrafáctico que utilizan los detractores del bombardeo nuclear que algo basado en la realidad. Japón estaba siendo diezmado por bombardeos convencionales, sus soldados y civiles luchaban hasta el último aliento y se suicidaban ante la inminente derrota. Los ataques con bombas convencionales no llevaron a Japón a rendirse.

Pero quiero volver a la decisión de Truman, seguramente de las más difíciles de su presidencia. Cualquier decisión que tomara iba a costar vidas. Si proseguía con la guerra convencional el costo sería enorme. Si arrojaba la bomba atómica el costo en vidas también sería enorme pero, muy probablemente, la guerra terminaría. Truman tomó una decisión, creo que la correcta. Ahorró muertes y evitó una destrucción total de Japón, que más tarde pudo reconstruirse y convertirse en la segunda potencia económica mundial, hoy la tercera. Los países invadidos por Japón vieron culminar una ocupación horrenda y cruel. También acá vemos otra paradoja del eurocentrismo. Los masacrados chinos, coreanos, filipinos, birmanos y vietnamitas no tuvieron la justicia y el reconocimiento que se merecían. No existe en el mundo occidental monumento o fecha que recuerde su martirio. Nosotros no asociamos a los japoneses con la brutalidad.

Luego de este relato, algo extenso para ser introductorio, se preguntarán por el título de estas líneas. ¿Que tiene que ver Hiroshima con el Covid-19? Obviamente, no hay relación entre ambos hechos. Sí creo que hay relación sobre la forma y modo en que Truman tomó la decisión de arrojar la bomba y la forma y modo en que decidimos cómo afrontar esta pandemia. Truman optó por una decisión que implicó la muerte en tres días de entre 200 y 300 mil japonenses, principalmente civiles. Buscó terminar la guerra de manera abrupta, algo que logró, a sabiendas de que una invasión terminaría por destruir completamente a Japón, amén de haber costado más vidas. Sopesó el impacto económico que la continuidad de la guerra hubiera ocasionado, en Japón y en su propio país. Truman, equivocado o no, se salió del debate presuntamente moral que le planteaban sus científicos para tomar una decisión que, a su juicio, sería mejor para encarar la reconstrucción de la posguerra. No sabemos qué hubiera pasado exactamente de haber continuado la guerra de modo convencional. Lo cierto es que la guerra terminó y Japón, con ayuda norteamericana, se reconstruyó en poco tiempo. Cuando un presidente toma una decisión en momentos de crisis, esa decisión nunca es buena para todos y se enfrenta al facilismo de algunos, al ego de otros y a los intereses de todos. El presidente Fernández ha dicho que estamos en guerra contra el coronavirus, algo que en lo personal rechazo, por encontrar inadecuada la utilización de términos bélicos para otro tipo de circunstancias. Pero si esto es una guerra el Presidente debe ser quien toma las decisiones, obviamente, sopesando los intereses en pugna, pero privilegiando el futuro sobre el presente. El “comité de científicos”, tan en boga en estos días, me hizo recordar a los científicos del Proyecto Manhattan, que aplicaron sus conocimientos y hasta sus egos en pos de un objetivo. Logrado este, cambio de contexto mediante, comenzaron sus reservas morales. Nuestros “científicos” actuaron de similar o peor manera. Primero, enancados en el terror y la paranoia que causó el covid-19, se erigieron como las únicas autoridades con poder de opinión sobre el tratamiento de la pandemia. Ahora, que se ven las consecuencias de esas decisiones, siguen mirándose en el ombligo de sus conocimientos, o sus egos y desde la posición de confort que da el no ser el responsable directo de las decisiones, el reconocimiento y el salario son incapaces de sopesar, de manera integral, las medidas para combatir este flagelo.

En cierto modo, los exculpo. No es su función sopesar las consecuencias de sus opiniones o recomendaciones, esa es una facultad privativa de los gobernantes, no de los científicos. Alegremente se dice que no importa que tengamos 10 o 15 puntos más de pobreza, lo importante son las vidas que se salvan, aquí y ahora. Nuevamente, vuelvo al presidente Truman. Es evidente que en una guerra convencional nunca hubieran muerto entre 200 y 300 mil personas en tres días pero, seguramente, ese número se habría multiplicado de proseguir la guerra como se estaba desarrollando. ¿Alguien, sensatamente, puede afirmar que la pobreza no causa muertes? ¿Alguien, sensatamente, puede afirmar que si pasamos a tener 50% de pobreza, lo que significará tener 70% de chicos pobres eso no va a ser un cruz ilevantable como país? ¿Alguien, sensatamente, puede afirmar que la pérdida de un año escolar no va significar que miles de chicos van a desescolarizarse y caer víctimas del narcomenudeo en los barrios vulnerables que tenemos de a miles en nuestro país? Arrojar la bomba atómica debe haber sido una decisión terrible, pero para eso están los presidentes, para tomar decisiones terribles. Decisiones que, en el corto plazo, pueden ser denostadas pero que la historia juzgará de manera mas desapasionada. Estamos destruyendo la economía argentina para evitar muertos hoy. Me salgo del debate vida o economía, me parece una estupidez. La postración económica causa miles muertos, muchos más que el Covid-19. Estamos condenando a una generación de chicos a ser pobres. Les decimos, a los que ya lo son, que seguirán siéndolo. ¿Es esto moral?

No se trata de no hacer nada con el virus, se trata de hacer lo máximo que se pueda afectando, de menor manera, nuestro futuro como sociedad. Seguramente haya más muertes de pacientes de riesgo si empezamos a salir de esta cuarentena eterna. Prefiero esos muertos a millones de chicos sin esperanza. Prefiero muertos hoy por Covid-19 que la destrucción de los proyectos de vida de millones de argentinos. La pobreza y la desesperanza también causan muertes, más lentas, pero muertes al fin. ¿Alguien, sensatamente, piensa que la expectativa de vida de los pobres es la misma que la de los que no lo son? Los “científicos” de nuestro país quieren, con cierto egocentrismo, poder decir que, en términos comparativos, pasamos esta pandemia con menos muertos que Brasil, México o Estados Unidos. Está bien, quizás lo logren, pero ¿cuál será el costo a futuro de esta postura “moral”? Yo voy a ser políticamente incorrecto. Soy persona de riesgo, tengo 56 años y 30 años de fumador. Mis padres viven, tienen 85 y 81. Mi vida, la de mis padres, la de miles de pacientes de riesgo, no valen si el costo de salvarlas es condenar a la pobreza a millones de argentinos, mucho menos a millones de chicos.

Señor presidente, me imagino su angustia, mire la historia y encontrará respuestas sobre lo que debe hacer o, mejor dicho, sobre lo que debe privilegiar en sus decisiones. Quizás no quiera tomar a Truman como ejemplo, pero estoy convencido de que encontrará otros presidentes que tomaron terribles decisiones en momentos de crisis. Si sigue pensando en el hoy no habrá futuro para millones de argentinos. Esos argentinos tienen derecho a tener una vida digna. Mire el promedio de edad de los fallecidos, es duro decirlo, pero así lo pienso. Ese promedio da 75 años. Ellos tuvieron su vida, sería deseable que la sigan teniendo, pero ese deseo no puede ser a costa de sacrificar las pocas esperanzas que les quedan a millones de chicos y jóvenes argentinos. Piense que condenarlos a la pobreza también es matarlos. Hay circunstancias, desgraciadamente, en las que todo no se puede.

Comentários no Facebook