Fue robada al nacer y busca en Misiones a su familia biológica.

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A los 15 años le dijeron que era adoptada. A sus 54 años relató que un «tío» entregador y cómplice de su robo- decidió entregarla a otra familia.

Con una infancia marcada por el maltrato y el abuso, Marcela Zaleski ahora de 54 años, supo a sus 15 años que no era hija biológica de la pareja que la había anotado como suya. Ahora busca su verdadera identidad y piensa que su mamá es de Misiones.

Infancia robada. Fotogafía de Marcela Zaleskis cuando era una beba. Ahora quiere saber quién era su madre.

Infancia robada. Fotogafía de Marcela Zaleskis cuando era una beba. Ahora quiere saber quién era su madre.

A sus 54 años relató que un “tío” –entregador y cómplice de su robo- decidió entregarla a otra familia. Le contó que su madre biológica era una jovencita misionera, hija de los dueños de una estancia que se embarazó del mayordomo.

Imágenes del ayer de la mujer que busca sus ancestros en Misiones. Fue robada al nacer y anotada en forma fraudulenta como hija de otro matrimonio.

Imágenes del ayer de la mujer que busca sus ancestros en Misiones. Fue robada al nacer y anotada en forma fraudulenta como hija de otro matrimonio.

“Tengo muchas ganas de conocerte. Tengo entendido que estuvimos juntas los primeros tres días de mi vida y dentro de mí conservo la sensación de estar entre tus brazos. No sé si fue, pero quiero volver a vivir esa sensación. Necesito conocer lo que es el amor de madre. No me interesa porqué me dejaste o porqué nos separamos, no me interesa. Necesito abrazarla y darle muchos besos. Necesito eso”. Este es el mensaje que dirigió Zaleski a su madre, publicado por MisionesOnline.

El calvario de Marcela Zaleski -relató el medio misionero- empezó desde su nacimiento, cuando en lugar de una infancia feliz fue obligada a cumplir deberes domésticos y sufrió el abuso físico, sexual y psicológico de su supuesta madre.

Hace una salvedad en cuanto a a quien figuró como su padres, Andrés González, un hombre de campo y sin estudios. “Mi viejo era muy bueno de buen corazón, a diferencia de ella que buscaba todo con maldad, pero él nunca tuvo una instrucción, venía del campo en el que trabajó desde los 7 años (…) era un hombre criado muy a lo bruto y actuaba así”.

Nunca se sintió identificada con Andrés González y Catalina Volicakis quienes la inscribieron como su hija. Se sumaban los problemas psiquiátricos de Catalina Volicakis además de un ambiente de constantes peleas e insultos.

Marcela recuerda que la celebración por sus quince años no fue la fiesta soñada. Logró concretarla con los recursos limitados que le habían dado, eso incluía el álbum de fotos, para el que no alcanzó presupuesto y tuvo que armarlo ella misma.

A la semana de su cumpleaños, González convocó una reunión familiar que daría explicación a los cuestionamientos que siempre tuvo en su interior de niña.

Rememora el llamado de su padre y su madre – sus apropiadores- sentados a la mesa. Ella, Catalina, lloraba como nunca la había visto y lo primero que pensó es que se iban a separar.

“Fue la primera y la única reunión que convocó y allí me preguntó ‘¿Qué pensarías si te dijera que no sos hija nuestra?’ y yo decía que siempre había vivido con ellos (…) ahora recién entiendo y comprendo que no eran mis padres adoptivos, sino mis apropiadores”.

Traki ese tío intermediario vivía en Mar del Plata. Hacia allí viajó en busca de datos sobre su origen. “Me dijo que mi mamá biológica era una chica muy joven, hija de los dueños de una estancia en Misiones. Que quedó embarazada del mayordomo y que la familia la mandó a Mar del Plata, no sólo a parirme sino a pasar el embarazo lejos”.

Luego, su tío le dio el apellido de la partera que atendió a su madre. Su apellido era Rosenthal. “Traki dijo que nací en la casa de la partera y mi mamá biológica me tuvo con ella mis 3 primeros días de vida”.

Pidió consejo al diseñador Roberto Piazza, quien le aconsejó denunciar a sus apropiadores. “El Día del Amigo del 2019 interné a mi apropiadora y me hice un regalo para el día del amigo”, contó Marcela. Catalina murió el 9 de mayo en plena cuarentena. Tenía 91 años, vivía en un geriátrico y tenía Alzheimer.