Francisco de Quevedo

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El 8 de Septiembre de 1645, Villanueva de los Infantes, Ciudad Real, España, moría uno de los máximos exponentes de la poesía de habla hispana, ese día fallecía Francisco de Quevedo. Nacido el 14 de Septiembre de 1580, en Madrid, con el nombre de Francisco Gómez de Quevedo Villegas y Santibáñez Cevallos, por los empleos palaciegos de sus padres creció rodeado de nobles y potentados, al quedar huérfano de padre a los 6 años, quedó a cargo de Agustín de Villanueva. Estudió lenguas antiguas en el Colegio Imperial de la Compañía de Jesús, y teología en Alcalá sin llegar a ordenarse sacerdote.

Debido a su admiración por Luis de Góngora, comenzó a escribir poemas, en un principio bajo el seudónimo Miguel de Musa, Góngora, creyendo que lo imitaba lo atacó surgiendo una enemistad de por vida. Escribió «La vida del Buscón», una atrevida parodia burlesca, que le dieron notoriedad, pero en su madurez creativa se avergonzaba de ella. A partir de 1606 escribe cuatro de sus «Sueños» y diversas sátiras breves en prosa, se desbordaba de elogios con los autores que le brindaban su amistad como Félix Lope de Vega y Miguel de Cervantes, pero era implacable con quienes no eran condescendientes como Juan Ruiz de Alarcón, Juan Pérez de Montalbán y el mismísimo Luis de Góngora a pesar de su admiración. Para ello utilizaba golpes bajos refiriéndose a sus defectos físicos o sus condiciones sexuales.

Estando a disposición del Gran Duque de Osuna, realiza tareas de espionaje a la República de Venecia, pero la caída del Duque dejó expuesto a Quevedo, que en 1620 fue arrestado y desterrado a la Torre de Juan Abad. Aislado de intrigas cortesanas, a solas con su conciencia y talento, escribirá sus mejores páginas como «Retirado a la paz de estos desiertos» y «Son las torres de Joray», completa sus «Sueños», escribe tratados como «Política de Dios» y «Virtud militante» además de dos extensas sátiras «Discurso de todos los diablos» y «La hora de todos». El resto de su vida fue desordenada, el alcohol y el tabaco mellaron su salud y la inquisición su voluntad, por lo que se retiró a su viejo lugar de inspiración, la Torre de Juan Abad, donde lo encontró la muerte el 8 de septiembre de 1645, aunque ni así encontró la paz ya que su tumba fue profanada para robar sus objetos personales.