Fabricante le regaló la pileta al joven nadador hipoacúsico que entrenaba en una de lona.

0
2

“Hola Marta, estuve todo el día intentando contactarte. Mirá, mi novio tiene una fábrica de piletas y queremos regalarle una para que Seba pueda entrenar con sus compañeros pero te hablo yo porque él está llorando”, esa fue la comunicación entre Justina, novia de Sebastián Oviedo, dueño de una empresa que fabrica piletas, y Marta, la mamá de Sebastián Galleguillo, el deportista paraolimpico cuyos padres, construyeron una pileta de lona para que se entrene.

En la videollamada hablan las mujeres y Sebastián el nadador. Edmundo no puede porque llora. Y el otro Sebastián tampoco. También llora.

“Yo digo que es un ángel”, dice Edmundo emocionado sobre Sebastián Oviedo, dueño de una empresa que fabrica, vende e instala piletas de fibra de vidrio en General Rodríguez, conurbano profundo del oeste. Lo dice ocho días después de aquel llamado, ahora que junto a los Galleguilllo, los Oviedo son protagonistas de una escena de película: un camión enorme trae por una calle de tierra de un barrio pobre una pileta de 12 metros de largo por 3,40 de ancho y 1,60 de profundidad.

“Es más blanca que las zapatillas blancas que nunca tuve”, dice Sebastián, abrazado a su mamá y a su papá mientras ayudan a bajar esa inmensa palangana para la que el joven nadador ya tiene un plan: invitar a todos sus compañeros de equipo a que cuando la pandemia lo permita entrenen con él cuando lo necesiten. Parece una película.

La historia de amor y voluntad de los Galleguillo, que es también la historia de un chico que -por raro que pueda parecer- tiene la oportunidad en su ciudad de contar con polideportivo municipal que funciona como un espacio de formación y contención pública trascendió en los corazones de mucha gente.

Esa emoción provocó, el mismo domingo tras contarse su historia en Infobae, un aluvión de llamados a la casa de Florencio Varela como el de Justina: un profesor de inglés donó litros y litros de cloro, una nutricionista dejó sus datos dispuesta a ayudar, una dependencia del gobierno bonaerense les avisó que quiere organizar charlas por Zoom para que Sebastián cuente su historia con el fin de motivar a sus pares, un surfer le mandó un traje de neopreno y además los Oviedo, que le trajeron la pileta.

Marta y Edmundo y Sebastián, ninguno puede creerlo del todo. Es la mañana del lunes y unos hombres jóvenes están cavando un pozo inmenso al lado de la pileta que ellos le armaron ochenta y pico de días atrás a su hijo. “Sinceramente es algo que no me lo esperaba. Es impresionante. ¡¡Fah, es enorme!!”, exclamó Seba cuando bajan la pileta.

“La historia de Sebastián me llegó al corazón, me partió el corazón. La verdad que al ver la nota me llegó demasiado, por eso no lo dudé. Me largué a llorar y dije ‘a este pibe hay que ayudarlo’”, comenta, claro, entre lágrimas, el hombre, dueño de la empresa Placer urbano, y agrega: “Y es una pileta que no solo va a poder disfrutar él, sino que con la humildad que tiene decidió traer a sus compañeros.

Comentários no Facebook