Antropólogo de poltrona

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Aquí y allá se dice que el 31 de octubre es el día del antropólogo. Sin embargo, se trata apenas de un chisme callejero: cuesta creer que los iniciados en la ciencia del hombre, por naturaleza escépticos frente a la visión de mundo casera ―desarraigados de su cultura más que de cualquier otra―, estén muy interesados en participar de las fiestas gremiales, con almuerzo y regalos incluidos, en que tanto se solazan las secretarias, los maestros de escuela y los fonoaudiólogos.

        Más temprano que tarde, sin embargo, será necesario acordar un día para las celebraciones antropológicas. El mundo se despeña en la estandarización de ideas y costumbres con una velocidad de vértigo; basta pensar en que las universidades ya se administran con la misma mentalidad con que se manejan las empresas financieras, que los uniformes tradicionales de las selecciones nacionales de fútbol han cedido su lugar a las combinaciones sugeridas por los efectos televisivos y que los latinoamericanos piden bacon cuando quieren tocineta en su hamburguesa. Algún día, pues, algún canciller académico creerá obligatorio acomodar la antropología al lado de las profesiones y oficios que precisan el festejo social, y marcará un día del calendario con la tinta indeleble del dogma; entonces será necesario que los antropólogos del mundo se reúnan en torno de un banquete y se agoten en patéticos discursos autocomplacientes. Lo que queda claro es que el 31 de octubre, día de aquelarres y disfraces, es el menos adecuado de todos: el ejercicio antropológico solo puede hacerse en la clara conciencia de no ser el otro, y todas aquellas monerías con que se juega al nativo ―mascar mambe en la cafetería de la universidad o llevar los collares a los que solo da derecho un rito iniciático― deben quedar relegadas para los estudiantes de primer semestre.

        La corrección en el calendario es, sin embargo, mínima: si no el 31, es indudable que el 30 de octubre sí podría ser elegido para día del antropólogo. Casi bastaría considerar que ese día, en 2009, fue en el que murió Claude Lévi-Strauss. El francés nacido en Bélgica representa, si bien se lo mira, el resumen de toda la antropología moderna: su convicción de que todo en la cultura es objetivo y de que sus estructuras fundamentales pueden encontrarse, con todo orden y limpieza, en el fondo del pensamiento humano, es el punto de llegada de los esfuerzos de los evolucionistas (fieles a la idea de que la mecánica del pensamiento humano es universal), los particularistas (convencidos de que no hay emoción individual que no esté amarrada a una partitura cultural) y los funcionalistas (apóstoles de la idea de que la vida humana solo puede ser posible en el ámbito de una estructura social conformada como red de reciprocidad). Como si fuera poco, el maestro murió envuelto en un halo misterioso similar al que acompañó el deceso de célebres congéneres como Cervantes y Molière, de los que no se conoce la fecha exacta de su última respiración: los familiares del antropólogo anunciaron su muerte solo tres días después, de modo que la prensa, por algunos días, no tuvo otro remedio que recurrir a rumores y especulaciones sobre el momento exacto ―día, hora, minuto― en que había expirado el sabio.

        Menos memoria se tiene frente a un segundo hecho ocurrido un 30 de octubre; hecho que, en verdad, viene a ser el primero: la muerte, en 2006, del antropólogo estadounidense Clifford Geertz. Su nombre es uno de los más visibles del santoral de la antropología posestructuralista. Para Geertz, si bien hay una trama de significados sobre la que tiene lugar la actividad humana, el sentido último de las cosas depende de la interpretación que cada sujeto haga de la circunstancia específica en que se encuentra y, de tal manera, las interacciones no están gobernadas por las reglas de un sistema externo sino que dependen de las negociaciones que tengan lugar entre subjetividades particulares. De ahí que, para el norteamericano, en el estudio de la cultura no haya que perder de vista quién lo lleva a cabo, con qué mirada y desde qué posición. Lévi-Strauss, némesis de Geertz, padeció no pocas rabietas frente a semejante pretensión, pues siempre creyó que era un despropósito que la antropología tuviera que concentrarse no en observar la cultura sino en observar al observador. En una entrevista de 1989, habiéndosele preguntado sobre lo que pensaba de las ideas consignadas en La interpretación de las culturas (1973), el francés no pudo evitar una respuesta henchida de despecho: “Lo siento, pero no sé nada al respecto”.

        Difícilmente podría elegirse un día más adecuado que el 30 de octubre para celebrar ―con toda la infatuación y frivolidad del caso― el día del antropólogo. En esa fecha, por las conmemoraciones que trae amarradas, caben el yin y el yang de la ciencia del hombre. Lo que no se sabe es si la coincidencia de las dos muertes supone la manifestación de una estructura de signos exquisitamente equilibrada o una conversación entre fantasmas empeñados en poner a punto su código de entendimiento. Los discursos que deban ser leídos ese día podrían ocuparse del asunto.

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